jueves, 24 de enero de 2008

El voto negativo

El sistema democrático actual presupone que cuando un ciudadano acude a las urnas y vota a un determinado partido es porque aprueba su gestión durante la anterior legislatura y le otorga de nuevo su confianza para los siguientes cuatro años. Al menos los políticos lo deben entender así, ya que por muy mal que lo hagan siempre se remiten a las cifras de votantes para justificar sus decisiones.

Lo que quizás no saben (o saben pero no les importa porque forma parte de su estrategia para captar votos), es que muchas veces el voto a un partido es el fruto de una reacción provocada por el temor que produce la posibilidad de que su “enemigo natural” sea el vencedor de los comicios.

En nuestro país, pocos partidos se podrían salvar de esta afirmación. Por poner sólo el ejemplo más claro, PSOE y PP se postulan constantemente como el antídoto perfecto contra las ideas “excesivamente progresistas” de unos y las intenciones “retrógradas y reaccionarias” de los otros.

Con estas declaraciones, además de definir su perfil político (hecho muy normal y de agradecer), ambos partidos esperan atraer el voto de aquellos indecisos o poco convencidos amparándose en que hay que evitar el desastre que sería permitir la victoria del oponente.

De esta forma, votando al PSOE se evita que el PP suba al poder, pero al mismo tiempo se concede al partido socialista el poder suficiente para que siga gobernando sin que ése sea el deseo explícito del votante, ya que también puede estar en desacuerdo con su gestión (lo mismo ocurre en el caso opuesto).

Por lo tanto, quizás sería interesante introducir una nueva modalidad de voto: el voto negativo. El mecanismo es sencillo: un ciudadano no sabe a qué partido votar porque todos le parecen censurables en mayor o menor medida, pero en cambio sí sabe qué partido no quiere que gane las elecciones.

En este caso, por ejemplo, un voto negativo emitido contra el PP le restaría uno a su cómputo global. Con esto se conseguiría que los resultados electorales fuesen limpios y transparentes de verdad, ya que cada partido sabría cuántos ciudadanos apoyan realmente sus políticas y cuántos las rechazan sin identificarse explícitamente con otro partido.

La ventaja de este nuevo tipo de voto es que no entraría en contradicción con ningún otro de los existentes: ya que el voto positivo significaría realmente identificación con el partido en cuestión, la abstención seguiría siendo un desentendimiento de la política y el voto blanco mantendría su función de expresar el desacuerdo con la totalidad de los partidos existentes.

1 comentario:

Enric dijo...

M'agrada molt aquesta proposta. De fet sembla la idea s+escau a la perfecció amb les meves sensacions actuals, ja que des de que va comensar la precampanya m'estic proclament obertament partodari del vot socialista, per primer cop en la meva curta vida democràtica, per por a un retorn del PP al govern espanyol, que és més que possible tot i que la opinió pública catalana (fins i tot els propis partits polítics) sembla que no ho vulguin acceptar.

En qualsevol cas, gran idea malgrat que, com és lògic caldria pulirla per dur-la a al pràctica, bàsicament el tema de la proporcionalitat al Parlament. Seria interessant veure com el PP i els socialistes es queda amb -1.000.000 de vots mentre els partits creixen. O, una altra possibilitat, donat que l'esquerra està fragmentada però amb un enemic comú, seria graciòs veure com el vot negatiu del PP s'ha de repartir entre indepes, comunistes, ecologistes i socialistes.

Per desgràcia, com aquesta propsta no smebla que tiri endevant fins d'aquì uns quants anys (quan nosaltres arribem al poder), l'alternativa que més s'hi acosta sembla que segueix sent la dels escons insubmisos, tot i que no deixa de ser una crítica generalitzada i no un vot de càstig