domingo, 11 de mayo de 2008

Los límites del periodismo (I)

"R.A.E.: Realidad - 1. Existencia real y efectiva de algo".


El pasado 28 de abril siete palestinos, cuatro de ellos niños, murieron al impactar en su casa un proyectil lanzado por un tanque israelí. Todos los medios de comunicación se hicieron eco de la noticia y muchos la ilustraron con fotografías como la siguiente (Ismail Zaydah / Reuters; publicada por Europa Press, El Mundo, La Vanguardia, etc.; otros, como ABC o El País, publicaron una del momento en que sacaban los cuerpos de la ambulancia).




¿Esto es periodismo? A primera vista puede que sí, ya que se trata de una reproducción fiel de unos hechos acontecidos (cuatro niños muertos a causa de la explosión de un proyectil). Sin embargo, la publicación de imágenes de cadáveres siempre suscita cierta polémica por el dramatismo y la crueldad que transmiten. Parece que digan: "Esto es lo que hay. Es duro, es atroz, pero es así".

Una representación tan minuciosa de la realidad como esta sólo es aceptada por la opinión pública cuando se trata de víctimas extranjeras: cuanto más lejana sea su procedencia, más alta es la tolerancia a su exposición. Un claro ejemplo es EE.UU., donde pocos medios se atreven a publicar imágenes de sus soldados muertos en combate para no herir a la ya de por sí sensible opinión pública estadounidense; aparte de que, claro está, también tratan de evitar ofrecer una visión negativa de un conflicto que muchos pueden considerar innecesario.

Casi seguro que de haber ocurrido algo semejante en España, o incluso en algún país europeo vecino, la voluntad de informar no hubiese sido tan rigurosa y transparente. ¿La diferencia? Que ninguno de los niños que aquí se muestran podría ser nuestro hijo o hermano y, por lo tanto, se pueden mirar con más distancia.

Por otra parte se puede observar que la fotografía va acompañada de un pie que no deja mucho lugar a la imaginación. La elección de la palabra "morgue" no responde a una casualidad, sino que refuerza ese impacto deseado ("depósito de cadáveres", a pesar de tener el mismo significado, es un término más frío).

Seguramente el problema es que ya estamos demasiado acostumbrados a la violencia y para que algo nos impresione ha de ser, además de monstruoso, descarnadamente explícito. La enorme capacidad de difusión de los medios hace que cada día sepamos de la muerte de centenares de personas en los múltiples conflictos que existen actualmente. Ante tal panorama a la larga se va perdiendo la capacidad de juicio y se acaba considerando tranquilo un día en el que sólo han muerto unas pocas personas en Iraq.

En realidad esta fotografía no aporta nada nuevo a la noticia porque es, simplemente, su ilustración. Quizás nos hemos vuelto tan insensibles al dolor ajeno que incluso es necesario y responsable mostrar la maldad humana en su estado más puro para que nos demos cuenta de hasta qué punto hemos perdido el norte.

lunes, 5 de mayo de 2008

Zoran Music: pintura desde el dolor

En La Pedrera, una sala de exposiciones ubicada en uno de los entornos más fotografiados de Bareclona, han tenido la excelente ocurrencia de programar una retrospectiva del para mi hasta ahora desconocido Zoran Music. Este hombre, que pese a lo que pueda parecer es pintor y no músico, nació en 1909 en Gorizia (una atigua posesión del Imperio Austro-Húngaro situada en la frontera con Eslovenia y actualmente integrada en Italia) y murió en Venecia en el año 2005.

Tras deambular por los ambientes vanguardistas de la Europa de entreguerras, bien avanzada la II Guerra Mundial fue acusado de colaborar con la resistencia y enviado al campo de exterminio de Dachau durante aproximadamente un año y donde quedó profundamente marcado por ello. Día tras día contemplaba los cadáveres amontonados de los pobres desdichados cuyas vidas habían sido aniquiladas por tan infame causa. Este infinito tormento, inimaginable para cualquiera que no lo haya vivido, le perseguiría por el resto de sus días y dejaría una huella imborrable en su obra.

Durante los meses en los que permaneció encerrado en el campo de concentración dibujó clandestinamente todo lo que ocurría a su alrededor, seguramente en un vano intento por expulsar de su cabeza esas imágenes tan brutales y carentes de sentido. Resultado de esta lucha con su inconsciente son una serie de dibujos en los que sólo se aprecia dolor y sufrimiento.


Este cuadro(1), perteneciente a una serie llamada "No somos los últimos", no fue pintado durante aquella horrible época sino 25 años después cuando, tras pasar una desafortunada época abstracta en París y otra más o menos fructífera en Venecia, todo el sufrimiento acumulado apareció de nuevo. Era una vuelta a empezar, un retorno al punto de partida que rompía frontalmente con sus pinturas europeas.

Recuperó entonces sus influencias iniciales (sobre todo al Goya de su época más oscura y algo menos a Velázquez, cuyos cuadros había copiado en El Prado años antes de ser detenido por la Gestapo) y se sumergió, con bastantes años de retraso, en el existencialismo surgido de la II Guerra Mundial, tiñendo sus pinturas de desesperación, cansancio y soledad(2). El hombre había alcanzado una cota de maldad tan grande que hundió cualquier resquicio de esperanza en la raza humana, al menos para él.

A modo de comparación los dos cuadros siguientes son producto de su estancia en Dalmacia(3) y Venecia(4). El contraste es tan grande que no hace falta añadir demasiado. Un detalle revelador de estos cuadros (extensible al resto de lienzos de estas series) es la ausencia total de rostros. En el primer cuadro los jinetes están de espaldas, en el segundo ni tan siquiera hay personas. Podría tratarse de una reacción, inconsciente o no, al horror vivido en Dachau.









Incluso en su época más derrotista y dolorosa mantuvo el tema veneciano(5), pero la desazón se había apoderado completamente de su ser y no podía sino reflejarla. Las formas se difuminaron y los colores se homogeneizaron confiriendo a sus cuadros un aspecto fantasmagórico, errante, perdido.



(1) No somos los últimos (1970)
(2) Sin título (2000)
(3) Cavallini (1953)
(4) Chiesa di San Marco (1948)
(5) Canale della Giudeca (1980)