«Empieza a ser hora que llamemos a las cosas por su nombre. Hoy, en Cataluña, existe apartheid lingüístico, exclusión cultural si quieren, o, si necesitan llamar al pan, pan y al vino, vino, puro racismo cultural. Está muy claro, obligados a combatir sin careta la osadía del Partido Popular de querer regular por ley el derecho a estudiar en español en cualquier lugar de España, han mostrado al desnudo su chauvinismo lingüístico. Se niegan a aceptar la convivencia con el castellano. PSC, ERC, CiU y ICV quieren una sola lengua, un solo pueblo, una sola nación. [...]».
Este esperpéntico párrafo pertenece al artículo «Racismo cultural, a secas», escrito por Antonio Robles y publicado recientemente en Libertad Digital (recomiendo dar una vuelta por allí, http://www.libertaddigital.com/, es una experiencia curiosa).
Resumiéndolo mucho, el Sr. Robles denuncia que en Catalunya no se puede recibir una educación íntegramente en castellano (hecho técnicamente cierto, aunque me referiré a ello más adelante).
El problema radica principalmente en la forma que adopta su discurso: al unir conceptos como apartheid o racismo a otros como lengua o cultura se pretende crear una relación de ideas demasiado simplista, ya que la situación en Catalunya no es tan grave como se quiere dar a entender, y mucho menos como para que pueda tildarse de “apartheid lingüístico” o “racismo cultural”.
Lo preocupante de este tipo de expresiones no es que alguien las use para distorsionar la realidad a su gusto (que también), sino que ese alguien frivolice con unos conceptos tan delicados y que tienen un valor mucho más trágico y doloroso que una disputa de carácter lingüístico.
En cambio, y volviendo al fondo del artículo, es cierto que el castellano efectivamente está en una posición de desventaja (en términos de enseñanza) con respecto al catalán: dos o tres horas de clase a la semana son claramente insuficientes para aprender de verdad un idioma.
Sin embargo, con crear centros educativos castellanohablantes no se resuelve el problema, sencillamente se utiliza el pretexto de la discriminación para llevarla al otro extremo e invertir la situación: los “discriminados” pasarían a ser “discriminadores”.
El bilingüismo es un privilegio que debería apreciarse más, pues cada lengua aporta unos matices distintos de la realidad y permite, además, comprender mejor la cultura a la que pertenece y disfrutar con ella (el ejemplo más claro es que no tiene ni punto de comparación leer a Machado en castellano o a Salvador Espriu en catalán que hacerlo al revés).
Por todo esto, aunque la reivindicación del Sr. Robles (y de otros medios, partidos, etc.) me parece perfectamente legítima, creo que se debería cuidar un poco más la manera en que se expone para evitar el inmediato rechazo de sus opositores; además de buscar otras alternativas que no impliquen devolver al catalán a una posición de inferioridad.