jueves, 31 de enero de 2008

¿Racismo cultural?

«Empieza a ser hora que llamemos a las cosas por su nombre. Hoy, en Cataluña, existe apartheid lingüístico, exclusión cultural si quieren, o, si necesitan llamar al pan, pan y al vino, vino, puro racismo cultural. Está muy claro, obligados a combatir sin careta la osadía del Partido Popular de querer regular por ley el derecho a estudiar en español en cualquier lugar de España, han mostrado al desnudo su chauvinismo lingüístico. Se niegan a aceptar la convivencia con el castellano. PSC, ERC, CiU y ICV quieren una sola lengua, un solo pueblo, una sola nación. [...]».


Este esperpéntico párrafo pertenece al artículo «Racismo cultural, a secas», escrito por Antonio Robles y publicado recientemente en Libertad Digital (recomiendo dar una vuelta por allí, http://www.libertaddigital.com/, es una experiencia curiosa).

Resumiéndolo mucho, el Sr. Robles denuncia que en Catalunya no se puede recibir una educación íntegramente en castellano (hecho técnicamente cierto, aunque me referiré a ello más adelante).

El problema radica principalmente en la forma que adopta su discurso: al unir conceptos como apartheid o racismo a otros como lengua o cultura se pretende crear una relación de ideas demasiado simplista, ya que la situación en Catalunya no es tan grave como se quiere dar a entender, y mucho menos como para que pueda tildarse de “apartheid lingüístico” o “racismo cultural”.

Lo preocupante de este tipo de expresiones no es que alguien las use para distorsionar la realidad a su gusto (que también), sino que ese alguien frivolice con unos conceptos tan delicados y que tienen un valor mucho más trágico y doloroso que una disputa de carácter lingüístico.

En cambio, y volviendo al fondo del artículo, es cierto que el castellano efectivamente está en una posición de desventaja (en términos de enseñanza) con respecto al catalán: dos o tres horas de clase a la semana son claramente insuficientes para aprender de verdad un idioma.

Sin embargo, con crear centros educativos castellanohablantes no se resuelve el problema, sencillamente se utiliza el pretexto de la discriminación para llevarla al otro extremo e invertir la situación: los “discriminados” pasarían a ser “discriminadores”.

El bilingüismo es un privilegio que debería apreciarse más, pues cada lengua aporta unos matices distintos de la realidad y permite, además, comprender mejor la cultura a la que pertenece y disfrutar con ella (el ejemplo más claro es que no tiene ni punto de comparación leer a Machado en castellano o a Salvador Espriu en catalán que hacerlo al revés).

Por todo esto, aunque la reivindicación del Sr. Robles (y de otros medios, partidos, etc.) me parece perfectamente legítima, creo que se debería cuidar un poco más la manera en que se expone para evitar el inmediato rechazo de sus opositores; además de buscar otras alternativas que no impliquen devolver al catalán a una posición de inferioridad.

martes, 29 de enero de 2008

El fin, mi fin

- Todo eso es excelente, querido amigo. ¡Dios me libre de negarlo! He ganado mucho dinero. Mi mujer sabe administrarlo: lo gasta sin derrochar, y deja a un lado buena parte para que fructifique. No me falta el pan de cada día. Lo tengo todo, en realidad, menos lo más importante.

- ¿Lo más importante? –repitió Paul.

- El sentimiento de haber hecho lo mejor... El sentimiento, que es la verdadera vida para el artista, y cuya ausencia es su muerte, de haber arrancado de su instrumento intelectual la música más hermosa que la naturaleza había escondido en él, y de haber interpretado esa partitura como merecía interpetarse. Lo hace o no lo hace, y si no lo hace no vale la pena hablar de él. Precisamente por eso, los que realmente entienden no hablan de él. Podrá hacerse mucha bulla en torno de él, y quizá la oiga. Pero lo que realmente oye es el silencio incorruptible de la Gloria.


Henry James. La lección del maestro.


A veces quieres expresar algo, pero no sabes cómo hacerlo.

Luego, un día estás leyendo y te cruzas de nuevo con esa idea.

Alguien la ha tenido también. Y encima escribe (infinitamente) mejor.


Lo único que no menciona el maestro es que para llegar hasta allí hace falta mucho trabajo y dedicación, pues son pocos los que nacen enseñados. El resto nos esforzamos para conseguirlo algún día.

jueves, 24 de enero de 2008

El voto negativo

El sistema democrático actual presupone que cuando un ciudadano acude a las urnas y vota a un determinado partido es porque aprueba su gestión durante la anterior legislatura y le otorga de nuevo su confianza para los siguientes cuatro años. Al menos los políticos lo deben entender así, ya que por muy mal que lo hagan siempre se remiten a las cifras de votantes para justificar sus decisiones.

Lo que quizás no saben (o saben pero no les importa porque forma parte de su estrategia para captar votos), es que muchas veces el voto a un partido es el fruto de una reacción provocada por el temor que produce la posibilidad de que su “enemigo natural” sea el vencedor de los comicios.

En nuestro país, pocos partidos se podrían salvar de esta afirmación. Por poner sólo el ejemplo más claro, PSOE y PP se postulan constantemente como el antídoto perfecto contra las ideas “excesivamente progresistas” de unos y las intenciones “retrógradas y reaccionarias” de los otros.

Con estas declaraciones, además de definir su perfil político (hecho muy normal y de agradecer), ambos partidos esperan atraer el voto de aquellos indecisos o poco convencidos amparándose en que hay que evitar el desastre que sería permitir la victoria del oponente.

De esta forma, votando al PSOE se evita que el PP suba al poder, pero al mismo tiempo se concede al partido socialista el poder suficiente para que siga gobernando sin que ése sea el deseo explícito del votante, ya que también puede estar en desacuerdo con su gestión (lo mismo ocurre en el caso opuesto).

Por lo tanto, quizás sería interesante introducir una nueva modalidad de voto: el voto negativo. El mecanismo es sencillo: un ciudadano no sabe a qué partido votar porque todos le parecen censurables en mayor o menor medida, pero en cambio sí sabe qué partido no quiere que gane las elecciones.

En este caso, por ejemplo, un voto negativo emitido contra el PP le restaría uno a su cómputo global. Con esto se conseguiría que los resultados electorales fuesen limpios y transparentes de verdad, ya que cada partido sabría cuántos ciudadanos apoyan realmente sus políticas y cuántos las rechazan sin identificarse explícitamente con otro partido.

La ventaja de este nuevo tipo de voto es que no entraría en contradicción con ningún otro de los existentes: ya que el voto positivo significaría realmente identificación con el partido en cuestión, la abstención seguiría siendo un desentendimiento de la política y el voto blanco mantendría su función de expresar el desacuerdo con la totalidad de los partidos existentes.

martes, 22 de enero de 2008

Oportunidad

Según la Real Academia Española es "sazón, coyuntura, conveniencia de tiempo y de lugar". Por lo tanto, la oportunidad aparece cuando se combinan adecuadamente los factores precisos en un momento y sitio determinados (se entiende que en cualquier situación además del tiempo y del espacio también influyen infinidad de variables, pero me centro en estos porque ambos son imprescindibles, independientemente del hecho).

Ahora bien, ¿qué ocurre si no se da alguno de los dos elementos? Evidentemente la respuesta es que se pierde la oportunidad (entendida como óptimo), pero las consecuencias que se derivarían no son las mismas dependiendo de si la disfunción es espacial o temporal.

Aunque no es un ejemplo que pueda servir para todo, el amor es una excelente representación de una situación de desequilibrio. Pongamos por caso que un hombre que vive en Nueva York tiene unas cualidades específicas que se complementan con las de una mujer que reside en Trípoli (Libia), pero no se conocen. ¿Qué ocurre? De haberse encontrado el momento hubiera sido el adecuado, pues en ese instante habrían congeniado a la perfección y hubieran vivido felices para siempre o, en su defecto, mientras se dieran esas condiciones de idoneidad. No obstante, estaban, sin saberlo, en el lugar equivocado, puesto que entre ambas ciudades hay 7.494 kilómetros de distancia. Ante tales circunstancias ninguno de los dos sufre porque desconoce la existencia del otro y además no es consciente de que está perdiendo la oportunidad de ser feliz (que cada cuál se defina para sí lo que es ser feliz junto a alguien).

Sin embargo, ¿qué pasaría si la situación fuera a la inversa? Es decir, si el problema fuese de momento, no de lugar.

Esta descompensación debe analizarse desde una doble perspectiva. En primer término existe el momento entendido como tiempo cronológico (segundos, minutos, etc.), en cuyo caso dos personas que han vivido en el mismo sitio, de haber coincidido en la época hubiesen podido encontrarse.

El segundo caso es más subjetivo y casuístico. Cada persona desarrolla permanentemente un tiempo interno que marca sus necesidades, ilusiones y posibilidades.

Cuando dos personas coinciden en el espacio-tiempo, las características que respectivamente poseen inician un proceso de acoplamiento. Dependiendo del nivel de concordancia se avendrán en mayor o menor medida. Todo lo que no sea la coexistencia perfecta entre necesidades y capacidad de satisfacerlas (de uno y otro, es un flujo bidireccional) implicará que cada componente de la pareja se encuentra en un momento interior distinto, lo que deriva en una serie de incompatibilidades, decisivas o no, a la hora de emprender una relación.

A pesar de todo, la perfección no existe (ni entre personas ni con respecto a un objeto) y por eso aprendemos a conformarnos, a aceptar que el óptimo es inasumible, así que depende de la ambición personal el llegar más o menos lejos para satisfacer las necesidades propias.

La oportunidad, pues, se da una sola vez en tanto que se produce en unas coordenadas espaciotemporales concretas y el tiempo interior del sujeto se encuentra en una condiciones determinadas. No obstante, pueden sucederse oportunidades parecidas a lo largo de la vida, pero siempre quedará la duda de si las que desechamos nos hubieran dado más satisfacción que las que decidimos aprovechar.

jueves, 17 de enero de 2008

Presentación

«Comme nous avons été enfants avant que d'être hommes, et que nous avons jugé tantôt bien et tantôt mal des choses qui se sont présentées à nos sens lorsque nous n'avions pas encore l'usage entier de notre raison, plusieurs jugements ainsi précipités nous empêchent de parvenir à la connaissance de la vérité, et nous préviennent de telle sorte qu'il n'y a point d'apparence que nous puissions nous en délivrer, si nous n'entreprenons de douter une fois en notre vie de toutes les choses où nous trouverons le moindre soupçon d'incertitude. »

(Descartes. Principes de la philosophie, 1)


Los prejuicios están tan arraigados en la forma de ser de las personas que continuamente se cae en el error de dejarse llevar (aunque no se sepa) por un juicio precipitado y fundamentado en premisas que, o bien no son del todo exactas, o simplemente son falsas (hecho que no excluye que haya personas que utilicen estos prejuicios para lograr sus propios fines a sabiendas de que son falsos).

En su cita, Descartes invita a abandonar todos estos prejuicios y a dudar de todo lo que se sabe y a revisarlo en profundidad con un espíritu realmente crítico.

Por lo tanto, teniendo en cuenta que las opiniones, consideraciones y juicios se sustentan en gran medida en este conocimiento previamente adquirido, resulta coherente y conveniente realizar el mismo ejercicio de autocrítica con todo aquello que se escribe para evitar caer en tópicos y estereotipos que, sin duda, aportan más bien poco al lector.

Sin embargo, y partiendo de la base de que es (casi) imposible librarse de todo prejuicio o idea preconcebida, lo que se pretende en este blog es realizar una serie de reflexiones personales sobre el mundo que nos rodea, apoyadas en la medida de lo posible por una argumentación sólida, documentada y constructiva, pues de poco sirve destruir sin aportar una posible solución.

En definitiva, espero poder plasmar de la forma más clara posible mis pensamientos, ideas y gustos, que, al fin y al cabo, son los que acaban conformando y definiendo la forma de ser de una persona.


Bienvenidos a mi mundo.