En La Pedrera, una sala de exposiciones ubicada en uno de los entornos más fotografiados de Bareclona, han tenido la excelente ocurrencia de programar una retrospectiva del para mi hasta ahora desconocido Zoran Music. Este hombre, que pese a lo que pueda parecer es pintor y no músico, nació en 1909 en Gorizia (una atigua posesión del Imperio Austro-Húngaro situada en la frontera con Eslovenia y actualmente integrada en Italia) y murió en Venecia en el año 2005.
Tras deambular por los ambientes vanguardistas de la Europa de entreguerras, bien avanzada la II Guerra Mundial fue acusado de colaborar con la resistencia y enviado al campo de exterminio de Dachau durante aproximadamente un año y donde quedó profundamente marcado por ello. Día tras día contemplaba los cadáveres amontonados de los pobres desdichados cuyas vidas habían sido aniquiladas por tan infame causa. Este infinito tormento, inimaginable para cualquiera que no lo haya vivido, le perseguiría por el resto de sus días y dejaría una huella imborrable en su obra.
Durante los meses en los que permaneció encerrado en el campo de concentración dibujó clandestinamente todo lo que ocurría a su alrededor, seguramente en un vano intento por expulsar de su cabeza esas imágenes tan brutales y carentes de sentido. Resultado de esta lucha con su inconsciente son una serie de dibujos en los que sólo se aprecia dolor y sufrimiento.

Este cuadro(1), perteneciente a una serie llamada "No somos los últimos", no fue pintado durante aquella horrible época sino 25 años después cuando, tras pasar una desafortunada época abstracta en París y otra más o menos fructífera en Venecia, todo el sufrimiento acumulado apareció de nuevo. Era una vuelta a empezar, un retorno al punto de partida que rompía frontalmente con sus pinturas europeas.
Recuperó entonces sus influencias iniciales (sobre todo al Goya de su época más oscura y algo menos a Velázquez, cuyos cuadros había copiado en El Prado años antes de ser detenido por la Gestapo) y se sumergió, con bastantes años de retraso, en el existencialismo surgido de la II Guerra Mundial, tiñendo sus pinturas de desesperación, cansancio y soledad(2). El hombre había alcanzado una cota de maldad tan grande que hundió cualquier resquicio de esperanza en la raza humana, al menos para él.A modo de comparación los dos cuadros siguientes son producto de su estancia en Dalmacia(3) y Venecia(4). El contraste es tan grande que no hace falta añadir demasiado. Un detalle revelador de estos cuadros (extensible al resto de lienzos de estas series) es la ausencia total de rostros. En el primer cuadro los jinetes están de espaldas, en el segundo ni tan siquiera hay personas. Podría tratarse de una reacción, inconsciente o no, al horror vivido en Dachau.


Incluso en su época más derrotista y dolorosa mantuvo el tema veneciano(5), pero la desazón se había apoderado completamente de su ser y no podía sino reflejarla. Las formas se difuminaron y los colores se homogeneizaron confiriendo a sus cuadros un aspecto fantasmagórico, errante, perdido.

(1) No somos los últimos (1970)
(2) Sin título (2000)
(3) Cavallini (1953)
(4) Chiesa di San Marco (1948)
(5) Canale della Giudeca (1980)
2 comentarios:
molt interessant!
Quin gust ferna, com sempre. Jo ja he actualitzat el meu, també cultural, però nen, ni a les sola de les sabates...
Publicar un comentario